¿Se acaba el mundo con la salida de EEUU del acuerdo de París?

Vivimos en un mundo complejo, en el que es bien interesante observar cómo decisiones que parecen obvias, realmente generan un resultado completamente inesperado. Así es como la decisión de POTUS de sacar a Estados Unidos del Acuerdo de París, tiene una cara positiva que el propio Trump ni espera ni desea: una apuesta decidida de grandes corporaciones, inversores, emprendedores, alcaldes, universidades, gobernadores y ciudadanos por la sostenibilidad del planeta.

A lo largo de la historia, especialmente en relación a la evolución del capitalismo, y en el mundo anglosajón, cuando se ha querido primar el beneficio económico de unos pocos, el sistema se ha reorganizado obteniendo en el medio plazo un cierto efecto de equilibrio. No podemos tratar ahora el impacto de la aparición de la Magna Carta Libertatum en 1215 en Inglaterra, y la división, que aún perdura en nuestro tiempo, de un mundo basado en la responsabilidad individual (el anglosajón), frente a un mundo que pretende la responsabilidad colectiva (el hispano-mediterráneo), y basado en el derecho romano y más tarde en el Código Napoleónico  de 1804. División extendida y matizada en África, América, Asia y Oceanía según áreas de influencia en la Edad Moderna. Pero a nivel económico, las consecuencias de este impacto han sido muchas, y en el caso del acuerdo de París se volverán a repetir.

Hasta mediados del siglo XIX la regulación empresarial es casi nula, y hay que esperar al siglo XX para que esta empiece a surgir. Aun así sigue siendo escasa, y dos guerras mundiales y los efectos del crack del 1929 impactan gravemente en las personas. La sociedad busca cambiar estas tendencias y a principio de los años 40 empieza un periodo importante de regulación y de procesos de nacionalización y de observación del impacto de la empresa en la economía. Este periodo dura hasta que los gobiernos de Reagan en EE.UU.  (1981-1989) y de Thatcher en Gran Bretaña (1979-1990) abren un profundo proceso de desregulación y privatización. Pareciera que ese proceso iba a suponer el triunfo de los grandes accionistas sobre la sociedad, a pesar de las muchas manifestaciones que se produjeron. Entre otros, algo interesante sucedió. Algunas de las grandes corporaciones americanas que habían aprendido a integrar parte del impacto social en su funcionamiento decidieron continuar con el camino iniciado aunque no lo obligara la ley. En poco tiempo buscaron una forma de diferenciar en el mercado a aquellos que cumplían con los trabajadores y los consumidores de aquellos que no lo hacían y surgió la Responsabilidad Social Corporativa. Una reacción que abrió un periodo de revisión desde la iniciativa privada de las prácticas empresariales, y que ha ido dando muchos frutos, aún insuficientes, en este periodo, pero que también ha obligado a incluir en la legislación de muchos países los resultados de este proceso.

Este camino ha sido acompañado desde los años 70 (Limits to Growth 1972, D. Meadows), con la reflexión de la sostenibilidad ambiental, y hoy en día desde las principales escuelas de negocio se entiende que cuidar los aspectos ambientales, sociales y de gobernanza, además de los puramente económicos, facilita el desarrollo y crecimiento empresarial.

Trump, con su decisión de salir del Acuerdo de París, además de producir un efecto negativo, también acaba de regalarnos la liberación de muchas energías individuales, políticas y corporativas para redoblar esfuerzos en Estados Unidos de cara a limitar el Cambio Climático. La responsabilidad individual propia del ADN anglosajón hace que los accionistas y los ciudadanos norteamericanos sean conscientes que en sus manos hay mucho poder y a estas alturas mayoritariamente quieren vivir en un planeta sostenible. Quizá nuestra mirada Europea, basada en una mayor regulación colectiva, no nos hace ver las oportunidades que la decisión de Trump nos ofrece. En cambio, lo propio de nuestra cultura hispana-mediterránea es buscar un culpable ante lo que sucede y no movilizarnos. Sea Trump, el Gobierno, Merkel, o la Comisión Europea en la actualidad o antiguamente el Rey o la Iglesia, siempre hay alguien a quien culpar –aunque sea de manera injusta- y una razón –aunque sea falsa- para decir que no hay nada que hacer, para esperar a que otros resuelvan los problemas, y nos quedemos en casa, eso sí, con una alta capacidad de crítica y denuncia. ¿Hubiera sido deseable que Estados Unidos siguiera en el Acuerdo de París?: sí. ¿Su salida supone el fin del mundo?: no. El único camino es que cada uno de nosotros dejemos de quejarnos y asumamos nuestra responsabilidad individual, ¿y si además conseguimos que los políticos nos ayuden?, pues mucho mejor.

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