Sostenibilidad = rigor + humildad + comprensión sistémica.

El pasado jueves 18 de Mayo, tuve la suerte de ser invitado por la Fundación Nina y Daniel Carasso a la entrega de premios de investigación 2017. Esta organización se creó en el año 2010 en honor de Daniel Carasso, fundador de Danone, con la misión de mantener la vida en el mundo, a través de una adecuada alimentación, y de enriquecer el espíritu, a través del arte. Llama la atención cómo la fundación pone la mirada en tender puentes, fomentar la comunicación, aprender de las buenas prácticas, propiciar la innovación…

Este año, el premio se entregó en Valencia, a la reputada investigadora inglesa, residente en Sudáfrica, Jane Battersby, sobre los trabajos que ha realizado en relación a los problemas alimentarios en el ámbito urbano, vinculando salud, alimentación, precariedad de vida, y justicia social.  La celebración del premio fue impecable en su organización, y contó con un debate interesante sobre los sistemas alimentarios y la territorialidad de la producción agraria.

Aunque, siendo todo ello loable e interesante, lo más importante que quedó en el aire fue la intuición de lo complejo que es entender la sostenibilidad de los sistemas, es decir, entender que lo sistémico no es lineal (¿obvio?), y que para hacer una actividad sostenible es imprescindible que continúe esa actividad. Por ejemplo, todo el debate de la sostenibilidad parte a principio de los años 70 de los trabajos de Jay Forrester, experto en análisis de las dinámicas de sistemas. Una de las personas que trabajaba con él, Donella Meadows fue quien lideró el famoso texto “límites para el crecimiento” que dio origen al trabajo del Club de Roma. Después de ella otros autores, todos ellos expertos en análisis sistémico derivaron en expertos de sostenibilidad en la empresa o en liderazgo o en desarrollo económico, como son Peter Senge –la Quinta fuerza-, Otto Schammer –La teoría U-, John Sterman –Dinámicas de negocio-… Es decir, primero tuvieron una mente capaz de entender los sistemas, y desde ahí comprendieron que se había de incluir todas las variables en la ecuación.

El día jueves, cuando la entrega de premios, en el desarrollo de la mesa redonda, me llamó la atención lo dicotómico que se intuía del planteamiento por parte de la mayoría de los expertos españoles allí sentados: la agricultura tenía que ser ecológica, o insostenible, local, o insostenible… debemos de ir en bicicleta o la movilidad es insostenible, tiene que haber paridad en los órganos de decisión de las cooperativas o la gobernanza será insostenible… Y al final del debate, de una forma muy elegante, la autora premiada, dijo muy educadamente “que teníamos que ver la realidad de una forma sistémica, integrando todas las variables necesarias, y que si veíamos sólo dos opciones llegábamos a conclusiones erróneas”. Dicho de otra forma, que no hemos de confundir el medio con el fin. El fin no es el cultivo de productos locales ecológicos. El fin es que facilitemos la existencia de un sistema en el que las necesidades nutricionales de toda la humanidad estén cubiertas mientras convivimos de forma equilibrada y sostenible con el medio ambiente y nos organizamos de una forma socialmente justa. Más aún, es cierto que los productos locales son más sabrosos, y que requieren de menos consumo de CO2 en el transporte, y que ayudan al desarrollo de la economía local. También es cierto que la existencia de más productos ecológicos reduce el uso de agentes químicos. Ahora bien, ¿podríamos mantener la humanidad sólo con productos ecológicos?, ¿habría comida para todos?, o si todo el cultivo fuera local, ¿podría todo el mundo tener la capacidad económica necesaria para comprar una cesta equilibrada de comida?

Y esa fue la gran enseñanza que me llevé de la entrega de premios de la Fundación Daniel y Nina Carasso y de la humildad y sencillez de Jane Battersby: que lo dogmático es hijo del pensamiento lineal y que la sostenibilidad es hija de la comprensión sistémica, de la rigurosidad y de la humildad. Más aún, me quedé con esta sencilla regla: cuando alguien nos quiera imponer dogmáticamente “la sostenibilidad” quizá esté sólo hablando de su propio sustento.

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