Europa: innovar o morir.

Hace ya una década, el 13 de Diciembre de 2007, se firmaba el tratado de Lisboa de la Unión Europea, decidiendo “promover el progreso social y económico de sus pueblos”, a través del desarrollo sostenible, el mercado interior, el fortalecimiento de la cohesión, la protección del mercado, y garantizar la integración económica. Una década después, la revisión de los objetivos del tratado es desmotivadora. La brecha social y el paro juvenil aumenta (Eurostat), la competitividad europea baja en relación a otros países, y la complejidad demográfica se dispara… Frente a esto se plantean dos caminos: el continuismo “vestido de rupturismo” del populismo, o una solución realmente disruptiva e innovadora.

Estos días se ha celebrado en el Banco Central Europeo, con la presencia de las principales instituciones públicas y privadas, catalizadas por la Innovation Initiative del MIT (Massachusetts Institute of Technology), un congreso sobre cómo potenciar la innovación en la Unión Europea, que se podía haber titulado “Europa: innovar o morir”. Durante dos días, profesionales con décadas de formación y experiencia, han debatido sobre qué soluciones implementar. En cambio, el problema se aleja de su resolución, cuando esperamos una visión compartida con la ciudadanía y con la existencia de unos políticos que sean capaces de explicarla y promoverla. Nada de esto ha aparecido en los titulares de la prensa europea. En cambio, una frase de Geert Wilders (Holanda), Le Pen (Francia) o Pablo Iglesias (España) mueve las emociones y conecta con unos ciudadanos europeos que sufrimos un mundo complejo, que tenemos una mayor percepción de inseguridad, que vemos reducida la asistencia social, y que tememos por el futuro propio y de nuestros hijos. Soluciones emocionales sencillas, basadas en una razón objetiva de sufrimiento, pero de utilidad inexistente. Pensamiento generalizado de 144 caracteres, que ya ha hecho que la xenofobia triunfe en Inglaterra (Brexit) o que una desmoralizada población anglosajona y obrera, y la segunda generación de inmigrantes aúpe a Trump en EE.UU.

Los seres humanos normalmente apoyamos aquello que conocemos y entendemos, ya sea con nuestra racionalidad o especialmente con nuestras emociones. Un congreso de dos días elaborado en inglés y lleno de gráficas y esquemas, no puede competir con una frase objetivamente cierta, clara y nítida que diga “El nivel de destrucción de las condiciones materiales que permiten el acceso a la felicidad es escandaloso” (Pablo Iglesias). Aunque la cita, en si misma, no aporte solución alguna. Es más, de forma contraria, complica el problema fomentando la división, ya sea nacional (los buenos son los ciudadanos holandeses, o ingleses, o franceses y sus valores, y los malos los inmigrantes y sus tradiciones), o ya sea social (los buenos son la clase popular sufriente, y los malos son la casta, es decir, la gente que ha conservado su trabajo y sigue teniendo cierta calidad de vida y capacidad económica), y lo corrobora con la creciente falta de cohesión social. Pero igual que el agua no puede crear el fuego, la segregación ideológica entre “castas” o entre culturas no puede dar la integración y la mayor igualdad que necesitamos.

Decía el laborista israelí Manuel Trajtenberg –que asistió al congreso sobre innovación- que “la inclusión social no es un objetivo basado simplemente en la ética, sino que es la única solución que tiene nuestro mundo actual ante la urgente necesidad de contar con la experiencia y el conocimiento de todos. Sólo entonces habrá innovación”.

El barco europeo se está hundiendo. En quince años la población se reducirá de casi 800 millones de personas a unos 650 millones, de una ciudadanía envejecida en edad, motivación y pensamiento. Nuestros vecinos de África pasarán de unos 1,000 millones a casi 4,000 de personas (ONU Previsión 2011), y el mundo globalizado duplicará la necesidad de alimentos y de agua, y aumentará en un tercio la necesidad de energía (Parlamento Europeo, Comisión de Desarrollo, 2015). En un momento en que necesitamos especialmente de paz para encontrar soluciones inteligentes, la pérdida de derechos y la falta de trabajo de calidad, derivan en más inestabilidad y confrontación. ¿Cómo podemos encontrar cierto sosiego y resolver los problemas a los que nos asomamos?

La solución no vendrá de poner paños calientes, ni en discutir pequeñas reformas a lo que estamos haciendo. No vendrá sólo de copiar de forma incremental las soluciones de otros. La solución vendrá de hacer un verdadero leapfrog social, de transformar profundamente Europa activando procesos, productos y servicios que den respuesta a las necesidades que tenemos. Es decir, la solución vendrá de innovar. Y la innovación surgirá de la diversidad, de contar con el diálogo profundo y la reflexión entre los modelos mentales de los diversos ciudadanos europeos, “de judíos y gentiles”, de ricos y pobres, de nativos europeos y de inmigrantes…

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